Hace 30 Años Comenzó la Historia de las Marcianitas

La primera Selección Nacional Femenina de Hockey-Patín, en la pista de Sertaozinho en septiembre de 1996. Arriba, de izq a der, Alejandra Jara, Karina Zúñiga, Mónica Cáceres, Daniela Zamorano, Seisha Prat y Sandra Barrios. Abajo, Carla Torres, Victoria Orquera, Marcela Cortéz y Sandra Torres. Las Marcianitas Ancestrales del hockey chileno.

Este martes 15 de septiembre marca un hito importante en la historia del hockey sobre patines chilenos. Porque en esta fecha, en el año 1996, se estrenó la Selección Femenina al comenzar su intervención en el Mundial de la categoría que se disputó en la ciudad brasileña de Sertaozinho. Literalmente, una aventura hacia lo desconocido. Ni siquiera se les llamaba Marcianitas. Peor aún, muy pocos sabían que se había formado un representativo nacional.

Contexto. Al momento de ingresar el equipo al rectángulo sertanezino, el hockey femenil nacional llevaba poco más de un año de su resurgimiento tras cinco décadas de silencio. Porque cuando nació el hockey nacional en 1935, además de los varones las mujeres también empuñaban el stick calzándose los patines. Incluso, en los tres primeros Torneos Nacionales disputados entre 1942 y 1944 hubo competencia femenina entre los representativos de Santiago, Viña del Mar y Concepción.

Lamentablemente, el machismo imperante en esos tiempos consideró “muy violento” aquel nóvel deporte para las mujeres coartando con esa presión social el desarrollo de la actividad. Lo que terminó con el resurgimiento a principios de 1995 con la conformación de los equipos femeninos en los clubes Universidad Católica, Universidad de Chile, Estudiantil San Miguel y Huachipato en Talcahuano.

De inmediato, comenzaron a destacar algunos nombres lo que permitió fortalecer el siguiente paso en ese renacimiento: asistir a un Campeonato Mundial, aprovechando que la cita se realizaría en Sertaozinho.

Nota de prensa publicada por el diario La Época, a fines de agosto de 1996, dando cuenta de la preparación de aquella primera Selección Femenina. Casi profético el título, lo de las “sendas” se confirmaría una década después.

Internacional. Lo único que se conocía antes de que la bisoña Roja se trasladara hasta la mencionada urbe paulista es que se trataba de la tercera versión del Mundial de la categoría. Que en las dos anteriores, Canadá –ante la sorpresa de los entendidos- se había adjudicado la primera edición disputada en la localidad alemana de Springe en 1992; y que en la portuguesa Tavira, dos años después, anotó el subcampeonato. Claro que ese desempeño de las norteamericanas se debió a que sus jugadoras utilizaban patines en línea, lo que les garantizó mayor velocidad en sus desplazamientos.

También algo se sabía de que en Europa se realizaban campeonatos continentales desde 1989 y en donde las potencias eran, hasta ese momento, las españolas, italianas, neerlandesas y suizas.

Bajo ese marco, y superando la incertidumbre de que la potencial participación chilena quedara en las sanas intenciones ya que hasta el último momento hubo dudas del viaje, el incipiente representativo femenino enfiló hacia Brasil sólo un día antes del debut, el sábado 14 de septiembre.

Previamente, Pedro Barrios, directivo de la rama en la UC, fue el que tomó las banderas para posibilitar esa primera participación mundialista. Fue él quien redactó todo el proyecto, el que logró el permiso de la entonces Federación Chilena de Hockey y Patinaje, el que buscó auspicios para aliviar la carga de financiamiento.

Tras un período de preselección encabezado por el técnico Aldo Llera, quien contó como su ayudante a su hijo Mauricio -el que, tras alinear en la competencia italiana, ya formaba parte del Primer Equipo de Universidad Católica-, se conformó el plantel de diez jugadoras. A saber, las arqueras Victoria Orquera, de Estudiantil San Miguel, y Marcela Cortéz, de Universidad Católica. Se agregaron las también cruzadas Sandra Torres, Carla Torres, Daniela Zamorano, Karina Zúñiga, Alejandra Jara, Sandra Barrios y Mónica Cáceres, completándose la nómina con Seisha Prat, de Universidad de Chile.

Sin pretenderlo, esa decena de mujeres fueron pioneras, una suerte de Marcianitas Ancestrales. Mas, por lo precario de esta empresa, el tema derivó en la autogestión de cada deportista. El no contar con el suficiente respaldo económico para viajar hasta Brasil dejó a algunas de las convocadas, como Bárbara Palma, sin la posibilidad de formar en la cita ecuménica.

El viernes 14 de abril de 1995 había renacido el hockey femenino chileno, con el partido en que el incipiente equipo de Universidad Católica enfrentó a un quinteto de San Juan. Testigo directo de aquello fue el editor de Patines y Chuecas, quien redactó esta crónica en el diario La Época.

El Mundial. Lo que sobraba era entusiasmo, pero también había realismo. Graficado todo en las declaraciones del técnico Aldo Llera, quien estableció que los pleitos mundialistas servirían “de experiencia y para que las jugadoras se vayan acostumbrando a las competencias de alto nivel”. Coincidente en esos juicios era el entonces presidente de la Federación, Claudio Torres, al señalar que el objetivo era “ganar competitividad en el concierto internacional e influir positivamente en la práctica de esta especialidad”.

Con todo ese marco, en el histórico debut del domingo 15 de septiembre ante las portuguesas éstas no tuvieron piedad con las debutantes hockistas y se acriminaron con sus remates de distancia goleando 13-0. Lo mismo sucedió en la jornada siguiente con las brasileñas, las que masacraron a las chilenas con un 20-0. Aunque esos adversos marcadores eran contundentes, las bisoñas seleccionadas habían lucido garra y personalidad.

Ante Sudáfrica, en el tercer partido mundialista, se vio la mejor expresión de este equipo, reflejado en los dos primeros goles que anotó un equipo nacional en estos certámenes con la dupleta de Karina Zuñiga para adornar el 2-6 final.

Sin embargo, el esfuerzo desplegado ante las africanas les pasó la cuenta en los restantes cotejos: 0-11 con Países Bajos, 2-18 con Australia -con anotaciones de Alejandra Jara y Carla Torres- y 0-8 con Japón.

A pesar de aquel rendimiento, que dejaron a Chile en la última posición entre once países participantes, la semilla estaba sembrada. El boletín Roller & Hockey expuso que esa primera experiencia mundialista quedó “grabada por siempre en la memoria de quienes con tanto sacrificio y entrega formaron parte de este hito en la historia del hockey chileno, Sí, por el sólo hecho de haber concurrido ya es una hazaña”.

Más asertivo, el técnico Aldo Llera avisó que sus dirigidas “han entendido dónde quieren llegar y que pueden competir en igualdad de condiciones con cualquiera”.  Visionario, qué duda cabe.

Justo diez años después aquella aseveración se reflejaría en el máximo logro que el hockey femenino alcanzaría para la disciplina. Porque por esos días de la década de los 90, en las divisiones de las más pequeñas ya despuntaban algunos nombres que llevarían esta historia a uno de sus puntos más altos. Porque en Universidad Católica ya se hablaba del talento de las hermanas Fernanda y Roberta Urrea, en Universidad de Chile se lucía Francisca Puertas y desde Huachipato se destacaba a Alexa Tapia. Sin saberlo, esas pequeñas tomarían el testimonio que se había labrado con aquella primera Selección Femenina.

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